Siempre ha existido la polémica de que es peor, si perder la vista o perder el oído. Pues bien, hay que partir de la misma base, del mismo principio, asumiremos que ambas fatales perdidas lo sean ya desde el temprano estadío fetal.
De todos es sabido que la ausencia de oído, lleva consigo "daños colaterales" como es la perdida del habla, que no mudos, porque aun podrá gruñir , emitir sonidos guturalres e incluso puede que reír y llorar, pero no hablar, no articular palabra y por lo tanto no expresarse oralmente.
Sentemos a la misma mesa dos personas y tapemos les la boca, ahora que intenten describirse el uno al otro su estado de animo, de salud, sus inquietudes, sus proyectos de futuro, me temo que seria una tarea difícil y casi imposible de acabar.
Ahora sentemos dos invidentes, en la misma mesa, y quizás lo primero que se pregunten sean por sus nombres, esbozarán una sonrisa, se explicarán mutuamente su problema y todo lo sazonarán con la ironía de quien apuñala su suerte, para después posiblemente ser el principio de una interesante velada. Y como no pueden apreciar los rasgos externos, esos de los que la vista se ha erigido en juez de belleza o fealdad, de atracción o rechazo, pues quizás descubran otro tipo de belleza aquella que no se marchita ni pierde, la del alma, en esa son ellos los mejores tasadores.
Un sordo puede ver la película, ¿pero que es lo que ve?..una secuencia interminable de imagenes a las que él le da el sentido que cree más lógico con lo que aprecia, después, si le preguntamos seguramente nos contará otra película diferente a la nuestra. Evidentemente el ciego, no puede apreciar los paisajes, los rostros, los coloreados vestidos de las actores, pero, sin duda puede explicarte la trama correcta y con escasas puntualizaciones, podrías comentar con él si ha o no merecido el rato empeñado.
Muchos son los examinadores de lienzos, los que no ven más allá de la superficie emborronada por los pinceles del autor, solo saben mirar un cuadro, no saben que el cuadro habla, no saben lo que el artista nos está diciendo en su trama, no son capaces de traducir la simbología implícita de esos trazados, pero si a ese cuadro le añadimos palabra describiendo el porqué del color, de la disposición de las figuras, del porqué de un símbolo, de un matiz, cuando termine de contemplarlo aseverará la grandeza de su creador, de su estado de animo, de su entorno social, emocional, religioso o político cuando lo pintó.
Las más grandes obras musicales son aquellas que son mudas, porque aun con la ausencia de palabra, lo cual la convertiría en canción, han conseguido tener doble merito, alcanzar la belleza y superar el mutismo.
Las esculturas para alcanzar la perfección, tienen que imitar la naturaleza en sus más mínimos detalles, porque de la comparación con ella nosotros deducimos su valía, si en cambio no está dirigida la escultura a la naturaleza, humana o terrenal, dificilmente podremos dejar de ver una piedra mutilada y no digamos nada de esos hallazgos arqueologicos en que a lo más que llegamos a comprender es a lo que está haciendo o se está desarrollando en un conjunto escultórico, ni que decir tiene cuando nos llega la obra por el tiempo mutilada o a trozos, un busto o una cabeza desprendida, pero en cambio, si le hubiesen añadido la palabra, cuanto sabríamos más de milenarias culturas, de antiquísimas costumbres, identificariamos gestos, identidades , ritos, historia y leyenda.
Que afortunado aquél que recibió el don de la palabra.
Ese mago que pone sobre un cuadro papel transparente, para redibujarlo con la paleta de las palabras, capaz de transmitir con ellas su policromía, sus códigos secretos, sus pulsos, sus errores, sus enmiendas.
Que gran legado el recibido, impermeable al paso del tiempo, a los vaivenes de la caprichosa economía, a las periodicidad de la moda, solo invencible por su otra igual, eterna al ser escrita. Que afortunado aquel que no duda en acabar con la exultante altanería de la blancura del papel, que no siente pereza al adoquinarlo con versos, con oraciones, con verbos y conjunciones. Que pinta con los colores de la palabra hermosos paisajes, comprometidas situaciones, elevados sentimientos y bajas pasiones.
Con la palabra se ama, se declara la guerra, se reza, se suplica, se denosta y se aclama; como dijo alguien la lengua es más afilada que la espada, evidentemente no por su textura, ni por su consistencia sino por ser útero donde se hace y articula la palabra.
Solo le pido a Dios que la mantenga conmigo hasta mi ultima jornada, que me la mantenga inteligible, limpia, inteligente y bien aseada, que sea con el enemigo afilada y con los demás cortés y educada.
viernes, 22 de febrero de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
Como se le habla a Dios.
Eso pasa cuando uno se busca una casa rural, pero rural.. rural, nada de chorradas, vamos nada de casa rural en un casco urbano que al fin y al cabo no es ni "chicha ni limoná", esta es de las que si quieres discutir con un vecino tienes que aguantar las ganas hasta el regreso, vamos una isla en la naturaleza.
Y como las horas se hacen largas como condena pues solo te queda una cosa, salir, explorar, echarle valor y comenzar a andar.
No lejos de la casa , bajando a pocos metros un arroyuelo de aguas limpias y traviesas bajaba atropellandose con las piedras del lecho; paralelo a él una senda cabrillera construida con tesón por el rumiante animal, invitaba a dejarte conducir a "no sé donde". Así que por descubrir el nacimiento de aquel arroyo, que no debía de estar muy lejano elegí subir, por aquello de que todo lo que sube baja, y la cansada vuelta se haría más fácil.
A no mucha distancia de mi partida el "joío" arroyo se iba encajonando entre las paredes de dos sierras como si estas intentasen atraparlo. Tan angosto se volvió el paso que tuve que continuar por el mismo arroyo, saltando cual cabra montés, de piedra en piedra. Y de esta guisa comenzó de nuevo a ensanchar el lecho y la senda desembocó como un afluente en camino de humanos. Ayy, esa maldita curiosidad , más valdría haber regresado que dejarme llevar por él. A poco de lo andado, ya dentro de aquella especie de caldero rodeado por altas sierras, un cartel anunciaba la próxima presencia de una aldea, "Aldea de Sierra Olvido", así rezaba.
Dejado el cartel a la espalda, se asomaba aquello que no llegaba ni a aldea, unas cuantas casas desparramadas, como cagadas de mosca, soñolientas por abandonadas, donde el más tonto ya se había marchado a la "capitá" y el más listo dos horas antes.
Aquello que parecía calle, por darle nombre, a tramos bien compuesta, y otros no tanto por sus piedras que te invitaban al tropiezo, todas con nombres y apellidos.. egoísmo, mentira, pereza, olvido...
Andando por esa "calle" alcancé la primera de las casas. La casa de las miradas perdidas, allí estaban todas las miradas que nunca se lanzaron, esas miradas que fueron reprimidas, eran miradas tristes, vacías, las de al infinito, las fugaces, las furtivas, cada una tenia un destinatario, un dueño. Eran miradas volátiles, etéreas, con alas, lo llenaban todo como pelusas doradas. Si los ojos son el espejo del alma, cuanto ser se ha quedado sin un premio, cuantas almas hemos dejado de contemplar y a cuantos le hemos negado lo nuestro.
Seguí sombrío caminando, aun pensando en esto cuando llegué a la altura de otra casa, la de las caricias negadas, que pena me dio, cuanta caricia empolvada, cuanta caricia no dada, cuantas oportunidades de hacer gozar y ..nada, cuantas hemos deseado, cuantas hemos rogado con la boca cerrada, cuantas aun seguiremos guardando en esa casa abandonada.
Pensé que ya lo había visto todo y apenas había visto nada, la calle empinada y hostil a cada paso se levantaba.
Con gran fatiga llegué a una nueva casa, si las anteriores te encogen el alma esta te la deja helada, la casa de los "nunca tequiero", Dios que paisaje, todos los tequiero que nunca salieron, aquellos que nos tragamos junto con los que nunca nos dijeron. Cuanta felicidad desperdiciada, cuantas lágrimas por no dichos, derramadas, cuantas oportunidades perdidas por un omitido verbo, cuantas naves escoradas, cuantos caminos torcidos, cuantas dudas y desconfianzas, cuantos tequiero pudriéndose en ese lúgubre aposento se estaban ajando como la flor en invierno.Los habían de los dos extremos, los nunca dichos y los dichos sin fundamento, ambos el mismo mal, ambos motivo para el lamento. Y es que los hay que lo dosifican con la la avaricia del usurero, los que se lo tragan y lo regatean como en un puesto de sueños, los que por no sentirlo hieren con el silencio. Y los otros, los que los reparten como reparte un cartero, los que los usan para alcanzar una meta haciendo creer verdad, cuando solo es un juego, los que mienten impunes , los que en sus labios un tequiero no significa nada, los que por amor venden hielo.
Ahora si se me había desgarrado el alma, pero aun me quedaba un nuevo tormento.
Allí en lo más alto, como nido de pájaro mal agüero, allí estaba la casa más tétrica, la más triste, lo más feo.
La casa de los amores perdidos, apolillados, de diferentes tamaños y edades, los de viejo, los de la inocencia temprana, los anhelados de juventud, los primeros nunca curados, los que el camino separó, los imposibles, los no correspondidos, los que la timidez se llevó. Todos tenían lágrimas, todos ojos y escozor, todos tenían pintados caminos, caminos que nunca se andaron ni se andarán; amarrados con las trenzas del destino sus nudos nadie desató, dejando en suspense vidas que pudieron pero no son y cuanta pena sufrida y cuanto causado dolor, unas por exceso y otras por omisión. El alma rota, ahogado en mis lágrimas que me oprimían la razón, ya casi no podía respirar por tanta tristeza y dolor.
De repente sonó como cada mañana ese maldito invento..el despertador, para evitar que rompiese tu sueño, a ciegas, a oscuras estiré el brazo y este enmudeció, pero no por la puntería del arquero, no, sino porque en directa proporción... al gran manotazo dado, más grande el descalabro que en la caída sufrió, aun hay restos de ese artilugio, con el que el diablo nos engatusó, por debajo la cama y hasta más allá del recibidor.
Iba a incorporarme, cuando me quedé mirándote en silencio... como se le habla a Dios, acaricié tu pelo y al oído te dije, "te quiero amor", di gracias al cielo por haberte encontrado después de tantos perdidos, de tanto dolor.
Y como las horas se hacen largas como condena pues solo te queda una cosa, salir, explorar, echarle valor y comenzar a andar.
No lejos de la casa , bajando a pocos metros un arroyuelo de aguas limpias y traviesas bajaba atropellandose con las piedras del lecho; paralelo a él una senda cabrillera construida con tesón por el rumiante animal, invitaba a dejarte conducir a "no sé donde". Así que por descubrir el nacimiento de aquel arroyo, que no debía de estar muy lejano elegí subir, por aquello de que todo lo que sube baja, y la cansada vuelta se haría más fácil.
A no mucha distancia de mi partida el "joío" arroyo se iba encajonando entre las paredes de dos sierras como si estas intentasen atraparlo. Tan angosto se volvió el paso que tuve que continuar por el mismo arroyo, saltando cual cabra montés, de piedra en piedra. Y de esta guisa comenzó de nuevo a ensanchar el lecho y la senda desembocó como un afluente en camino de humanos. Ayy, esa maldita curiosidad , más valdría haber regresado que dejarme llevar por él. A poco de lo andado, ya dentro de aquella especie de caldero rodeado por altas sierras, un cartel anunciaba la próxima presencia de una aldea, "Aldea de Sierra Olvido", así rezaba.
Dejado el cartel a la espalda, se asomaba aquello que no llegaba ni a aldea, unas cuantas casas desparramadas, como cagadas de mosca, soñolientas por abandonadas, donde el más tonto ya se había marchado a la "capitá" y el más listo dos horas antes.
Aquello que parecía calle, por darle nombre, a tramos bien compuesta, y otros no tanto por sus piedras que te invitaban al tropiezo, todas con nombres y apellidos.. egoísmo, mentira, pereza, olvido...
Andando por esa "calle" alcancé la primera de las casas. La casa de las miradas perdidas, allí estaban todas las miradas que nunca se lanzaron, esas miradas que fueron reprimidas, eran miradas tristes, vacías, las de al infinito, las fugaces, las furtivas, cada una tenia un destinatario, un dueño. Eran miradas volátiles, etéreas, con alas, lo llenaban todo como pelusas doradas. Si los ojos son el espejo del alma, cuanto ser se ha quedado sin un premio, cuantas almas hemos dejado de contemplar y a cuantos le hemos negado lo nuestro.
Seguí sombrío caminando, aun pensando en esto cuando llegué a la altura de otra casa, la de las caricias negadas, que pena me dio, cuanta caricia empolvada, cuanta caricia no dada, cuantas oportunidades de hacer gozar y ..nada, cuantas hemos deseado, cuantas hemos rogado con la boca cerrada, cuantas aun seguiremos guardando en esa casa abandonada.
Pensé que ya lo había visto todo y apenas había visto nada, la calle empinada y hostil a cada paso se levantaba.
Con gran fatiga llegué a una nueva casa, si las anteriores te encogen el alma esta te la deja helada, la casa de los "nunca tequiero", Dios que paisaje, todos los tequiero que nunca salieron, aquellos que nos tragamos junto con los que nunca nos dijeron. Cuanta felicidad desperdiciada, cuantas lágrimas por no dichos, derramadas, cuantas oportunidades perdidas por un omitido verbo, cuantas naves escoradas, cuantos caminos torcidos, cuantas dudas y desconfianzas, cuantos tequiero pudriéndose en ese lúgubre aposento se estaban ajando como la flor en invierno.Los habían de los dos extremos, los nunca dichos y los dichos sin fundamento, ambos el mismo mal, ambos motivo para el lamento. Y es que los hay que lo dosifican con la la avaricia del usurero, los que se lo tragan y lo regatean como en un puesto de sueños, los que por no sentirlo hieren con el silencio. Y los otros, los que los reparten como reparte un cartero, los que los usan para alcanzar una meta haciendo creer verdad, cuando solo es un juego, los que mienten impunes , los que en sus labios un tequiero no significa nada, los que por amor venden hielo.
Ahora si se me había desgarrado el alma, pero aun me quedaba un nuevo tormento.
Allí en lo más alto, como nido de pájaro mal agüero, allí estaba la casa más tétrica, la más triste, lo más feo.
La casa de los amores perdidos, apolillados, de diferentes tamaños y edades, los de viejo, los de la inocencia temprana, los anhelados de juventud, los primeros nunca curados, los que el camino separó, los imposibles, los no correspondidos, los que la timidez se llevó. Todos tenían lágrimas, todos ojos y escozor, todos tenían pintados caminos, caminos que nunca se andaron ni se andarán; amarrados con las trenzas del destino sus nudos nadie desató, dejando en suspense vidas que pudieron pero no son y cuanta pena sufrida y cuanto causado dolor, unas por exceso y otras por omisión. El alma rota, ahogado en mis lágrimas que me oprimían la razón, ya casi no podía respirar por tanta tristeza y dolor.
De repente sonó como cada mañana ese maldito invento..el despertador, para evitar que rompiese tu sueño, a ciegas, a oscuras estiré el brazo y este enmudeció, pero no por la puntería del arquero, no, sino porque en directa proporción... al gran manotazo dado, más grande el descalabro que en la caída sufrió, aun hay restos de ese artilugio, con el que el diablo nos engatusó, por debajo la cama y hasta más allá del recibidor.
Iba a incorporarme, cuando me quedé mirándote en silencio... como se le habla a Dios, acaricié tu pelo y al oído te dije, "te quiero amor", di gracias al cielo por haberte encontrado después de tantos perdidos, de tanto dolor.
martes, 19 de febrero de 2008
A la muerte de un artillero
Esta mañana el destino me ha dado una cornada, Fernando, el camarero del bar, de nuestro bar, ha fallecido, que putada. La noticia corrió como la pólvora, caras de incredulidad, muecas de espanto, tristeza en las miradas y un "puto destino malvado". ¿Que tiene de especial la muerte de un camarero? si solo es eso, un camarero , un trabajador por cuenta ajena que hace lo que en teoría cualquiera podría hacer, un alguien que a veces si le coges en buen día a lo mejor te tomas el café caliente y si el día lo tiene gris, te jodes y a lo que te toque y cuando él crea oportuno que te toca y si me apuras pues lo que ayer fue cinco , seis es hoy; alguien que a veces sufre nuestros cabreos por los latigazos de la vida, que sufre las confesiones íntimas de las dos copas de más, alguien que lo miras desde la altura que te da el estar a este lado de la barra. Pero Fernando no era así, en ese tarrito pequeño como de buen perfume se alojaba un corazón grande, un tío cabal, serio en su trabajo, serio hasta que en los momentos de calma cuando se rompe la barra y se allanan las condiciones y status, le arrancabas una sonrisa, una sonrisa discreta, con la discreción que da la inteligencia, con la discreción de quien sabia quien estaba más alto y sin embargo te daba cancha para dejarte jugar. Tenia que ser gaditano, con la guasa que empapa al gaditano rancio de humilde abolengo, pero de una dignidad propia de un rey tarteso. "Fernando..un descafeinado de maquinaaa", cuando más gente había, cuando la barra hervía de impacientes pedigüeños, cuando a penas le veías entre el bosque de insatisfechos, él me miraba desde lo lejos y guiñándome un ojo podía leer en sus labios..."Enseguida te lo pongo", al instante se acercaba y bajito como si de un acto de confesión se tratase te preguntaba.. "¿quieres algo para comer? ¿ con que te pongo la tostada? el aceite es bueno o ¿prefieres una zurrapa de lomo buenísima que me han traído hoy? y repitiendo el rito del guiño volvía a cerrar por un instante uno de sus azules ventanales mientras se perdía por el interminable pasillo del otro lado de la barra, por esa barra que era su trinchera su puesto a defender como celoso centinela, ya sabia yo que no se le olvidaba, que no perdía el turno. Fernando era buena persona, era eso que decimos y que dibuja todo un carácter, era buena gente y para colmo educado, aunque lo machacasen con desaboridas actitudes y esperpénticas razones. Se murió soltero, quizás en su sabiduría pensó que el alma compartida es solo la mitad de un entero, quizás a la barra de la vida nunca se le acercó su mujer divina o quizás por otros motivos que por pudor nunca se preguntan ¿que más da?. Disfrutaba relatando sus diarias clases de judo a los niños, a esos enanos rebeldes e impredecibles que le coloreaban su otra vida y cuando se le iba la olla, sus épicas luchas contra monstruosos gigantes en las tierras manchegas del tatamis, daba gusto escucharlo con su voz pausada y armoniosa del que sabe donde una inflexión, donde una pausa para mantenerte atrapado en las redes de sus relatos. Murió como buen artillero al pié de su inoxidable y alargado cañón, como tantos héroes anónimos y cotidianos, pero no tuvo un cuartel de Monteleón, ni un mal gabacho al que devanar el gaznate, pero ahí estuvo él, aunque llevaba algunos días raro, como decía, hasta el último día cumplió con su obligación, los que le vieron aquel último desayuno comentaron que al poco se tuvo que marchar, a eso de media mañana, cuando el sol comenzaba a pintar sombras ,cerró su reino, su bar y ya nunca más regresó. Hoy ha muerto un camarero, un señor, un caballero, hoy Fernando el descafeinado está frío, frío como la fría piel de la impávida barra de acero inoxidable, hoy a muerto un adalid de una profesión difícil, de sicólogos iletrados , de gratuitos consejeros, de desesperados amigos y de aguanta velas resignados. Hoy tu reino está de luto, tus pavimentadas posesiones están huérfanas y los ecos de tu presencia enmudecieron como enmudece el día al oscurecer su seno. Hasta siempre Fernando, no ha ni un año que tu madre te espera, pero algo he ganado, tengo garantizado el mejor descafeinado, la mejor tostada, el mejor confidente y el peor pagado.
domingo, 17 de febrero de 2008
El peligro de un Blog
El mayor y principal peligro de un blog, creo, es caer en la monotonía , es que el aburrimiento descorazone al visitante así que tendré que proponerme, en la medida que pueda, hacerlo ameno, interesante y entretenido, árdua tarea para alguien que no está ducho en estos menesteres.
Mi primer dia
Hoy he comenzado mi camino, como siempre pasa al inicio de un largo viaje que está lleno de enigmas y sorpresas miro hacia delante y la vista se pierde en el horizonte de mi blog. Se agolpan en mi mente alegria y miedo, pienso que una vez que salga de la seguridad de mi intimidad ya no hay vuelta atrás . Lo veo vacio y yermo, me impresiona su inmensa soledad , su exraña piel selenita. Ni una sombra de una frase, ni el oasis de un verso donde refrescar los sentimientos, ni un mal camino que nos lleve a la acogedora ciudad de un recuerdo, nada.
Hoy he empezado por intentar plantar recuerdos, regarlos con vivencias y rodearlos de los verdes jardines de mis pensamientos.Como siempre pasa, habrá etapas llanas de una fluidez insultante y otras agrestes, penosas tanto para descansar como para el mero hecho de pasar de largo. Las habrá alegres y jocosas, llenas del griterio sinverguenza de la chiquilleria y tambien con la solemindad de un compromiso de fé. Habrá de todo.
Y lo más importante, que me acabo de dar cuenta que ya he salido, he vuelto la vista y se ha alejado casi sin querer mi punto de partida, ojalá sea un buen augurio.
Hoy he empezado por intentar plantar recuerdos, regarlos con vivencias y rodearlos de los verdes jardines de mis pensamientos.Como siempre pasa, habrá etapas llanas de una fluidez insultante y otras agrestes, penosas tanto para descansar como para el mero hecho de pasar de largo. Las habrá alegres y jocosas, llenas del griterio sinverguenza de la chiquilleria y tambien con la solemindad de un compromiso de fé. Habrá de todo.
Y lo más importante, que me acabo de dar cuenta que ya he salido, he vuelto la vista y se ha alejado casi sin querer mi punto de partida, ojalá sea un buen augurio.
sábado, 16 de febrero de 2008
Mi primer amigo
Era tan pequeño que para mi lo que había encima de una mesa, ya era territorio desconocido y sin embargo parece que lo estoy viendo. Seguramente estaría mirando a través de los cristales de aquella puerta que separaba el cuerpo de casa del portal, donde estaba la tienda. Apenas distinguía la figura de aquella mujer mientras hablaba con mi madre que la atendía. De repente aquella mujer giró su cabeza, me miró y como si fuese un puro instrumento del destino, abrió las compuertas de una parte muy importante de mi vida. Algo le comentó a mi madre que a esta le faltó tiempo para abrirle la puerta donde yo estaba y en cuestión de instantes, me vi en los brazos delgados y fibrosos de la anciana.
Llevaba el pelo todavía no terminado de blanquear por el tiempo, recogido detrás de su cabeza en un moño; su cara era pequeña, como sus vivarachos ojos marrones y en su piel suave tenia marcadas las arrugas que las malas jugadas de la vida le había dejado en herencia, pero todo ello no solo no le afeaba sino todo lo contrario, daba a su rostro un aire de serenidad y confianza. Ramona, decía mi madre que se llamaba. Joseito, dijo mi madre a Ramona mirándome.
Para Ramona no fue difícil sacar una sonrisa, me mostró una hilera de diminutos dientes con algunas bajas por culpa de la batalla diaria, me besó en la cara y me dijo: "Ven conmigo a mi casa, que yo tengo un nieto de tu edad, para que juguéis juntos, se llama Angelín", miró a mi madre buscando su aprobación y de nuevo el destino impuso sus reglas sobre las de los humanos.
Al poco, ya me veía, sujeto de la mano de Ramona, intentando seguir sus nutridos pasos por aquella empinada e interminable cuesta. De vez en cuando Ramona se paraba, giraba su cabeza siempre con una sonrisa pegada a su rostro para ver si seguía de pié o había aterrizado por culpa de algún paso mal dado.
Llegado a la cúspide de la más alta montaña que en mi incipiente vida había visto, giramos a la derecha y comenzamos a bajar por el empedrado de la calle, por unos instantes pensé que ahora tocaba bajar lo que antes con tanto trabajo habíamos subido, pero no, a poco de bajar a mano izquierda, se detuvo Ramona y me cogió en sus brazos para ponerme al otro lado del rebate de su casa.
Esta, se ensanchaba nada más entrar a modo de portal, una cómoda repleta de fotos familiares y alguna flor de plástico con un espejo sobre ella adornaba la blancura de la pared izquierda, según se entra; frente, una especie de enrejado metálico, negro, con un adorno que asemejaba una planta trepadora preñada de flores y hojas, iba de la pared hasta un pilar y servía para separar y dar algo de intimidad a lo que al otro lado era el comedor; por los techos corrían como renglones temblorosos las vigas de madera que servían de soporte al piso superior; el pilar acogía el marco de una puerta que franqueaba el recinto cocina-comedor y antes de travesar esta puerta a mano derecha bajaba a dar la bienvenida a todo visitante, una escalera, estrecha, empinada, de escalones altos y no muy cómodos que se ocultaba tras un tabique quizás por su timidez y que comunicaba la planta baja con la de arriba.
Y cogido de la mano entrañable de aquella anciana traspasé la puerta de acceso a la cocina-comedor. En una para mi inmensa mesa rectangular , que ya estaba prestando servicio a sus comensales, estaba en uno de sus extremos, el mas alejado de la puerta de la calle y haciendo frente a esta como un fiel guardián, el único varón adulto de la casa, un hombre que para mi ya era anciano con una gorra cubriéndole la cabeza, la piel tostada por el cruel sol de los campos y su cara también pintada con las arrugas de los pinceles de la vida, de semblante serio, más no por su carácter sino por la gravedad que todo jefe debe de mostrar ante sus huestes, este era Antonio, marido de Ramona y abuelo de mi aún desconocido amigo Angelín. A su mano derecha y de espaldas a la pared, dos mujeres Conse y Loles, ambas hijas de Antonio y Ramona, la que ocupaba el extremo de la mesa frente al patriarca, Isabel; no estoy muy seguro de las secuencias de edad de estas tres tías de Angelín, osaré dar un orden a pesar de equivocarme, para mí, Conse, Isabel y Loles, aunque si algún día lee esto mi amigo espero resuelva el entuerto, en el lado que falta del rectángulo el otro más grande, lo compartían Ramona a continuación uno de mi quinta, Angelín, y otra mujer de edad intermedia entre las tías y los abuelos, su madre Carmen, que mantenía una lucha descarnada con un pequeñajo que intentaba mantener en su regazo; Carmen era de una estatura inferior a sus congéneres, aunque no mucho, tenia el pelo negro levemente ondulado, casi liso diría yo, recogido también atrás en un moño, excepto algunos cabellos rebeldes que aprovechando la rebujina que mantenía con el infante, se le asomaban a su frente, de ojos pequeños como sus padres, pero el arqueado de sus cejas, le daba un aire de esplendor en sus pupilas.
Angelín miró a su madre, esta se la devolvió y aprobado el intento de levantarse de la mesa, como si nos subiésemos conocido de siempre, juntos atravesamos el cuerpo de casa, dirección a su corral.
Jugamos unos instantes, pocos creo, me presentó a la perra, un cruce de mastín con que sé yo.
Corrimos por aquel corral sobre nuestras inexpertas extremidades, tiramos alguna que otra piedra, quizás la primera de mi vida, intentando traspasar la tapia que daba al Cerro y al instante habíamos firmado un pacto, pacto de amistad y comprensión, que aun perdura, que aun lo llevo con su tinta fresca en mi corazón.
Llevaba el pelo todavía no terminado de blanquear por el tiempo, recogido detrás de su cabeza en un moño; su cara era pequeña, como sus vivarachos ojos marrones y en su piel suave tenia marcadas las arrugas que las malas jugadas de la vida le había dejado en herencia, pero todo ello no solo no le afeaba sino todo lo contrario, daba a su rostro un aire de serenidad y confianza. Ramona, decía mi madre que se llamaba. Joseito, dijo mi madre a Ramona mirándome.
Para Ramona no fue difícil sacar una sonrisa, me mostró una hilera de diminutos dientes con algunas bajas por culpa de la batalla diaria, me besó en la cara y me dijo: "Ven conmigo a mi casa, que yo tengo un nieto de tu edad, para que juguéis juntos, se llama Angelín", miró a mi madre buscando su aprobación y de nuevo el destino impuso sus reglas sobre las de los humanos.
Al poco, ya me veía, sujeto de la mano de Ramona, intentando seguir sus nutridos pasos por aquella empinada e interminable cuesta. De vez en cuando Ramona se paraba, giraba su cabeza siempre con una sonrisa pegada a su rostro para ver si seguía de pié o había aterrizado por culpa de algún paso mal dado.
Llegado a la cúspide de la más alta montaña que en mi incipiente vida había visto, giramos a la derecha y comenzamos a bajar por el empedrado de la calle, por unos instantes pensé que ahora tocaba bajar lo que antes con tanto trabajo habíamos subido, pero no, a poco de bajar a mano izquierda, se detuvo Ramona y me cogió en sus brazos para ponerme al otro lado del rebate de su casa.
Esta, se ensanchaba nada más entrar a modo de portal, una cómoda repleta de fotos familiares y alguna flor de plástico con un espejo sobre ella adornaba la blancura de la pared izquierda, según se entra; frente, una especie de enrejado metálico, negro, con un adorno que asemejaba una planta trepadora preñada de flores y hojas, iba de la pared hasta un pilar y servía para separar y dar algo de intimidad a lo que al otro lado era el comedor; por los techos corrían como renglones temblorosos las vigas de madera que servían de soporte al piso superior; el pilar acogía el marco de una puerta que franqueaba el recinto cocina-comedor y antes de travesar esta puerta a mano derecha bajaba a dar la bienvenida a todo visitante, una escalera, estrecha, empinada, de escalones altos y no muy cómodos que se ocultaba tras un tabique quizás por su timidez y que comunicaba la planta baja con la de arriba.
Y cogido de la mano entrañable de aquella anciana traspasé la puerta de acceso a la cocina-comedor. En una para mi inmensa mesa rectangular , que ya estaba prestando servicio a sus comensales, estaba en uno de sus extremos, el mas alejado de la puerta de la calle y haciendo frente a esta como un fiel guardián, el único varón adulto de la casa, un hombre que para mi ya era anciano con una gorra cubriéndole la cabeza, la piel tostada por el cruel sol de los campos y su cara también pintada con las arrugas de los pinceles de la vida, de semblante serio, más no por su carácter sino por la gravedad que todo jefe debe de mostrar ante sus huestes, este era Antonio, marido de Ramona y abuelo de mi aún desconocido amigo Angelín. A su mano derecha y de espaldas a la pared, dos mujeres Conse y Loles, ambas hijas de Antonio y Ramona, la que ocupaba el extremo de la mesa frente al patriarca, Isabel; no estoy muy seguro de las secuencias de edad de estas tres tías de Angelín, osaré dar un orden a pesar de equivocarme, para mí, Conse, Isabel y Loles, aunque si algún día lee esto mi amigo espero resuelva el entuerto, en el lado que falta del rectángulo el otro más grande, lo compartían Ramona a continuación uno de mi quinta, Angelín, y otra mujer de edad intermedia entre las tías y los abuelos, su madre Carmen, que mantenía una lucha descarnada con un pequeñajo que intentaba mantener en su regazo; Carmen era de una estatura inferior a sus congéneres, aunque no mucho, tenia el pelo negro levemente ondulado, casi liso diría yo, recogido también atrás en un moño, excepto algunos cabellos rebeldes que aprovechando la rebujina que mantenía con el infante, se le asomaban a su frente, de ojos pequeños como sus padres, pero el arqueado de sus cejas, le daba un aire de esplendor en sus pupilas.
Angelín miró a su madre, esta se la devolvió y aprobado el intento de levantarse de la mesa, como si nos subiésemos conocido de siempre, juntos atravesamos el cuerpo de casa, dirección a su corral.
Jugamos unos instantes, pocos creo, me presentó a la perra, un cruce de mastín con que sé yo.
Corrimos por aquel corral sobre nuestras inexpertas extremidades, tiramos alguna que otra piedra, quizás la primera de mi vida, intentando traspasar la tapia que daba al Cerro y al instante habíamos firmado un pacto, pacto de amistad y comprensión, que aun perdura, que aun lo llevo con su tinta fresca en mi corazón.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)